

Tenerife, con apenas 2.000 km² de superficie, alberga una riqueza natural extraordinaria. En la isla se suceden ambientes muy diversos, desde las costas más secas y soleadas hasta los bosques húmedos y los paisajes de alta montaña. Esta variedad de condiciones ha dado lugar a una flora especialmente rica y singular, organizada en distintos pisos de vegetación que cambian con la altitud y reúnen especies adaptadas a ambientes muy diferentes.
En las zonas bajas predominan los tabaibales y cardonales del matorral costero, adaptados a la aridez y a la elevada insolación. En las medianías aparecen los bosques termófilos, hoy muy transformados y reducidos. Por encima de ellos se desarrolla el monteverde, donde la laurisilva y el fayal-brezal encuentran refugio en las laderas y barrancos más húmedos, especialmente en la vertiente norte. La corona forestal de la isla está dominada por densos pinares, muchos de ellos procedentes de extensas repoblaciones realizadas desde hace décadas. Finalmente, en las cotas más altas, la flora se enfrenta a condiciones extremas y da lugar a especies únicas, como la violeta del Teide, capaz de sobrevivir en un entorno muy hostil.
Buena parte de esta flora es endémica, es decir, exclusiva de Tenerife o de Canarias. Esta singularidad confiere a la isla un enorme valor biológico y la convierte en un territorio de especial importancia para la conservación de la biodiversidad.








